Archivo mensual: abril 2010

Polémica disfrazada: arma política.

A propósito de la admisión por parte del Parlamento catalán de una iniciativa popular a favor de prohibir las corridas de toros, se ha reabierto una vieja polémica. Cada Comunidad Autónoma ha ido reafirmando su postura; bien a favor o en contra del espectáculo taurino. Eso sí, atendiendo siempre a la orientación política de quienes las gobiernan.

La división de la población teniendo en cuenta  las diversas opiniones acerca de las corridas de toros no es tan simple como se supone. Hay quienes defienden acérrimamente la “Fiesta Nacional” por excelencia, argumentando que es ésta nuestra mejor carta de presentación ante el mundo. En la postura opuesta, encontramos a multitud de asociaciones antitaurinas que hablan de una tortura salvaje hacia los toros. Las divisiones continúan y nos topamos con  taurinos y antitaurinos convencidos a base de mítines políticos y titulares de periódico.

Es evidente que cada cual puede tener una posición determinada en un tema tan “nuestro” como las corridas de toros. A pesar de esto, no todos los españoles se engloban dentro de instituciones antitaurinas o defensoras del toreo y quienes se mostraban indiferentes han intentado ser movidos por la política hacia una u otra postura. Aunque, en ocasiones, la indiferencia pueda suponer una falta de iniciativa o personalidad, dudo de la autoridad que ejercen quienes nos gobiernan con el fin de posicionarnos

 No es muy halagüeño pensar que somos tan influenciables, tan moldeables en manos de los poderosos del país, quienes disfrazan un arma política fácilmente. Lo cierto es que la polémica en torno a las corridas de toros no se crea porque la sociedad española se divida, sino porque los políticos prometen a los medios de comunicación enfrentamientos encarnizados. Así, se quedan satisfechos y creen que están defendiendo y representando los intereses de cada uno de nosotros.

 

Enhorabuena, por un momento nos lo hemos creído. Muy buen disfraz.

¿Cuestión de tolerancia?

La Gran Vía madrileña cumple su centenario  en el momento en el que más personas de diversas nacionalidades caminan por sus vastas aceras. Mientras observaba este popular lugar tenía esto en cuenta y no pude evitar deternerme a leer el reportaje que publicó El País este viernes, 23 de Abril : http://pdf.elpais.com/archivo/pdf/20100423elpepi_34@41.pdf

Atocha, marzo 2010

El reportaje se centra en la polémica que se ha formado en los últimos años acerca de la utilización de ciertas prendas (hiyab, burka, etc.) por parte de las mujeres musulmanas. Dicho artículo pone en tela de juicio el significado de la prenda y la autora del mismo se debate entre la consideración de estas prendas como un signo de sumisión al hombre o como un signo de autoidentificación entre las musulmanas más jóvenes.

Las plataformas feministas tachan de aberrante el hecho de que las jóvenes acudan a los centros de enseñanza cubiertas con estas prendas. Además, consideran que en la mayoría de los casos se trata de una imposición masculina y no de una decisión de las jóvenes. En el lado opuesto se sitúan las jóvenes y los más altos cargos de la religión musulmana en nuestro país, quienes creen que Europa no tolera las costumbres propias de su religión.

Llegados a este punto, podríamos citar otros muchas cuestiones que surgen a raíz de confrontaciones entre cultura y religión. ¿Deben los inmigrantes adaptarse a la cultura propia de nuestro país? ¿Nuestra ideología prima por encima de la suya cuando llegan a España? ¿Aberración o falta de tolerancia?

Es díficil trazar una línea entre la tolerancia hacía las ideas de los demás y el respeto a los propios derechos humanos. En una sociedad occidental, los derechos humanos engloban el respeto a la ideología de los demás y, por lo tanto, las instituciones deberían luchar por acabar con la sumisión que supone para una mujer ir vestida como si fuese un espectro que nadie debe ver.

En ocasiones, el burka o el hiyab no sólo ciegan física y psicológicamente a quien lo lleva puesto, sino que parece provocar ceguera a quienes las observamos caminando por la Gran Vía y ni siquiera pensamos en el por qué de su indumentaria ni en cuántas mujeres alrededor del mundo están en la misma situación. Impedir la sumisión femenina cuando entran en Europa no es la solución. Probablemente, habría que suprimir esta discriminación allá donde nace, el lugar en el que parece que mueren los Derechos Humanos.